Comentario de Natalí Incaminto sobre “Las primas de Villaguay”

Esto dijo la enorme Natalí Incaminato el 25 de mayo pasado, en la presentación de la 3era edición de “Las primas de Villaguay” (Peces de Ciudad), en La Plata.Todo agradecimiento.

 

 

En el capítulo “La Normal” aparece una imagen que me gustaría recuperar, dice “Los fantasmas se llevaban el edificio entero en sus bocas blancas de aire perdido”. Quiero pensar esa imagen de las bocas blancas y fantasmales en varios espectros que atraviesan la novela, pero también la idea de aire perdido como el pasado irrecuperable, o para el que en todo caso hay que poner en juego una voz particular para viajar hacia el, una voz imposible.

¿Por qué imposible? Porque oscila, articula de manera ambigua la voz de una niña, las incomprensiones y tonos de esa edad, con la voz adulta, la que comprende. Uno de los fragmentos en los que podemos verlo es en el capítulo “El 83 IV” la niña, alumna, es retada por la regente de la escuela ya que usó medias de colores y defendida por la madre, la narradora dice “No volví a respetar en lo íntimo, en lo íntimo que se puede tener a los 9 años, a Walburga Frida.”. La retrospección adulta se funde con la voz de la niña de la experiencia narrada, como si hubiese un intervalo entre una y otra, que es la misma persona desdoblada. No se trata sólo de una voz infantil, simplemente.

Esa voz nos lleva por la estructura de repeticiones que organizan esos recuerdos, en los que dos experiencias prevalecen en su tenor de perturbación: la muerte y la sexualidad. Del lado de la muerte, de los fantasmas, el primo-poesía, Romina y Lila, la amiga de la infancia.

Y del lado de la sexualidad, o del despertar sexual, las iniciaciones del erotismo con los jóvenes, los novios de las primas Silvia y Marie, los novios de la narradora el los capítulos “el novio I”, y “El novio II” que marcan una progresión en la novela junto con el entendimiento de lo que se jugaba en los capítulos “El 83”. Las primas que dan título al libro reaparecen en su funcionamiento especular, de modelos a seguir.

Muerte, sexualidad, amistad y familia condensan las rememoraciones, en esas islas de pasado que nunca se recobra en su origen y totalidad, y asocian dos polos que constituyen la infancia: “amor y terror era una mezcla en la que crecíamos”, en otra parte habla del aprendizaje de mezclar “alegría y miedo”.

Desde esa doble voz o voz imposible despuntan ciertas revelaciones, incluso las revelaciones del secreto: la idea de que los padres de la narradora no soltaban una verdad, lo cual constituye una oximorónica, cito la novela, “vaga certeza”. Los capítulos intitulados “El 83” serán los que vayan soltando de apoco esa verdad y su “sentido punzante”,y conectan así la novela con la memoria histórica, con el terror de la historia reciente, en un año decisivo que permite revelar desde el presente de esos capítulos hacia el pasado. Las dimensiones temporales se entremezclan y ponen en jaque la idea misma de esos sucesos como pasado cerrado, obturado, tan usado por algunos discursos actuales que intentan dar vuelta la página. La verdad novelesca da cuenta de esa temporalidad enmarañada de lo que persiste como trauma.

El final del texto condensa en su intensidad la voz imposible y las experiencias de ese sujeto que solo puede decirlas duplicándose, oscilando en la ambigüedad entre la niña y la adulta:

En “Navidad”

“Nos preguntamos dónde están ahora las tías, si en la voz de los grandes cuando cantamos las zambas, si en los sueños de la noche de los nenes, si en el tronco del árbol de atrás de la casa, si en la glicina o en la orilla, si en nuestros hijos.”

La pregunta es en el presente de la narradora pero el “nuestros” de los hijos llevan a otra dimensión vital.

Y en la frase final, una inquietud:

“Si las primas de Villaguay se acuerdan de lo mismo que yo.”

 

En la sospecha de diferencia se expone el pasado como lo imposible de recomponer en términos de origen único pero, a su vez, lo que empuja a una duplicación coral que insiste, vuelve y retorna, a la patria que es la isla de la infancia.

 

Natalí Incaminato.

 

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Salidita

Me cambié de ropa cinco veces, dos de zapatos y estuve cuarenta minutos resolviendo qué iba a hacer con el pelo. Como si a los tipos les interesara. Es lo que me había dicho mi mejor amiga, siempre tan confiada en mi capacidad de gustar. Las amigas confían en una más que una. El baño había quedado hecho un chiquero, no tenía tiempo, energía ni ganas de ponerme a secarlo, toda la atención estaba en el vestidito floreado y las sandalias y el brushing que no terminaba de quedarme bien. No sé hacerlo. La curva del flequillo estaba deforme, no era una curva, no sé qué era. Me pinté los labios y me puse unos aros nuevos. Cuando miré la hora, salí disparada (previas fotos por whatsapp a mi amiga, y su ok), subí al remís y me bajé en el bar acordado. Los nervios que tenía hicieron que me tropezara con una baldosa al bajar, aún así logré no caerme. En realidad me doblé el tobillo pero hice toda la fuerza que pude para negarlo: no pasó nada. Con el tobillo en franca hinchazón, rengueé y entré, me acomodé el pelo y me aseguré la carterita en el brazo izquierdo. Dolía pero no podía darle lugar a eso.

Chau pie, calmate, esto es más importante que vos.

Me quedé un par de segundos mirando hacia adentro, recorrí rapidito las mesas con la vista y ahí vi una mano que me hacía una seña: su mano.

Bueh, no viene a buscarme, me indica dónde está.

Ahí fui con mi negado pie, mi carterita y mi pelo. Cuando se paró para darme un beso en la mejilla casi me muero. No podía ser tan hermoso. Yo ya lo conocía, ya nos habíamos visto en el trabajo. Pero así, ahora, parecía otro. Segunda negación: no es tan hermoso, no te ponés nerviosa, acá no pasa nada.

Me muero, lo que me gusta este tipo.

Fuerza en la cara, en la expresión, para que no se me note. Fuerza para soportar el tobillo.

Se me cae el flequillo, para qué me habré hecho el brushing éste si no sé hacerlo y siempre me queda mal.

Me senté y pedimos una cerveza y el menú para comer algo.

¿Abro demasiado la boca cuando me río? No está bueno, a ver si me puedo reír más discreta.

Él tenía un perfume que me penetraba como hacía rato no me penetraban. Me dediqué a mirarlo con detalle pero sin que se notara. ¿Se habría dado cuenta de eso?

Son medio boludos los hombres, incluso éste que me gusta más que tomar sol en el Caribe.

No, nunca fui al Caribe. No creía que se diera cuenta pero no podía desechar esa posibilidad. Me pareció mejor dedicarme a escucharlo. Jesusito, qué voz. Qué voz. Qué sé yo qué decía. Yo le miraba la boca y escuchaba su voz.

¿Y qué hago con esta voz de pito, que heredé de mi vieja? A ver si puedo hablar un poco más grave. Pero no tanto porque va a sonar raro.

El pie me estaba matando. El no-pie.

Nada, no me doblé, nada me duele, estoy espléndida, me río con la boca cerrada y me callo cuando él habla. Qué carajo está diciendo, no me puedo concentrar. Uy, me preguntó algo. Llegó mi momento. Tranquila, contestá tranquila, respirá, tarada. Y sacate ese flequillo de la cara que te quedó horrible.

Dije algo, no sé, algo del trabajo, algo de la facultad, algo del gobierno, me perdí.

Necesito que ese perfume me penetre más profundamente, sólo sería posible si nos acercáramos, pero no voy a hacer papelones. Bastante que me estoy aguantando lo del tobillo y el pelo. ¿Me sonrió? ¿me canchereó? ¿Me está seduciendo? Me muero. Qué carajo dijo, le tengo que seguir el hilo y la cerveza ya me está haciendo efecto. Má sí, yo me río como me río, si abro demasiado la boca qué sé yo, que admire mis muelas.

Nos trajeron la pizza y ahí me preocupé por comer como una señorita, como me enseñaron en casa.

¿Cómo mierda comen las señoritas? Así, con la boca cerrada, de a bocados chiquitos, usan mucho la servilleta. Pero con el hambre que tengo y esta cerveza que me da vueltas, va a estar difícil comer como una señorita.

Él comía como un tipo y eso estaba bien, muy bien.

Uh, otra vez cambió de tema.

Me preguntó mi opinión y yo solamente trataba de encontrar alguna. Alguna opinión, digo. Algo para decir, con la boca llena de queso de pizza y modales más o menos señorísticos.

¿Se rió de nuevo? No se rió, “me” sonrió. No, si este chabón ya cayó, eh. Ya cayó. Ya me di cuenta. Le importa un huevo el flequillo y la voz de pito, este tipo está conmigo. Al pie ni lo siento y si me paro ahora para ir al baño, me voy a tener que apoyar en las paredes. Otra cerveza y ahora se cambió de lugar. ¡Se cambió de lugar y se sentó al lado mío!

Me quería morir de la vergüenza y la calentura. No sería muy de dama, pero a mí ya me había empezado a penetrar el perfume ése. Me estaba haciendo pis. Si no me levantaba pronto, me meaba encima. Pero ahora la que se hizo la canchera fui yo.

Aguanto, total, ahora que lo tengo cerca y que lo del pie desapareció, yo aprovecho. Me parece que le voy a dar un beso. Me parece. Pero tengo la boca llena de comida, mejor no. Ya vengo, voy al baño. ¡Epa! Mejor que camine despacito porque no llego entera, me da vueltas todo.

El baño estaba casi vacío gracias al Universo, como me enseñó mi amiga. Todo hay que pedirle al Universo porque es más copado que Dios para hacerle pedidos. Y el tema de las energías y todo eso, ella sabe bien.

Ah, pero mirá mi cara, ya se me corrió el rimmel y del pelo mejor ni hablar. Me pillo, que desocupen el baño pronto porque me pillo. Al fin, nena, al fin, dejame pasar.

Mientras  tambaleaba sobre el inodoro sin sentarme y hacía trabajabar los músculos de las piernas que hacía tanto no trabajaban, pensé que esto no iba a andar. Fue como un rayo, una luz, una revelación del fucking Universo.

Esto no va a andar.

Salí del baño con la convicción de que este principio era un final. Caminé directamente hasta mi habitación, me tiré sobre la cama, casi vuelco el vaso con agua que tenía sobre la mesa de luz. Miré hacia el no-pie y tenía el tobillo morado. La habitación era un desastre, el secador de pelo debajo de una pila de remeras, los zapatos fuera del placard, amontonados al pie de la cama, el vestido floreado hecho un bollo.

Cuando logre levantarme me visto, me acomodo y salgo.

 

KLIMT

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Secuelas del río

 

Nunca sé si es suficiente

los dedos en el agua

el sol en la cabeza

el verde en el cuerpo

el olor de los perros

que nos buscan con su alma de perros

y las ramas que nos atan

cada vez que nos ponemos a cantar.

 

Nunca sé

si alcanza con oler las hojas

que la brisa caliente nos tira

sobre los ojos

y ya no ver

o ver todo

con los ojos abiertos en el río

que es lo mismo

que no ver nada

o dormirnos a la sombra

de los eucaliptos viejos

cuando la siesta nos impone decidir

entre el desmayo y los secretos.

 

No sé si está todo dicho

con el ruido del río

ni  cuándo las cosas

se mueren o no,

personas, palabras, ideas.

 

Nunca estoy tranquila.

 

*

 

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“Cómo se mide el tiempo”

El 16 de diciembre del 2017, Revista Ajo publicó una crónica que escribí sobre la desaparición de Marta Elsa Bugnone y Jorge Ayastuy en 1977, y una lectura desde el hoy. Esto, en el marco de la causa ABO III (Centros Clandestinos Atlético – Banco – Olimpo), por la cual fueron condenados los represores Chacra, Marc y Lorenzatti, responsables de su secuestro y torturas.

 

Para leerla, hacé click acá 

Romina Elvira

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Crónica del martes pasado o Cómo entrar en un túnel y no salir.

Sale de la habitación sonriendo. Todos los demás nos reímos y lloramos a la vez, por supuesto. Muecas y pañuelos y caras rojas, así. Ella ahora sale de la habitación con una risa tan abierta que sólo se me vienen a la cabeza las descripciones más clásicas y recontra dichas (¿lo muy dicho se basa en lo muy visible?): que su presencia destella, que tiene luz e ilumina el cuarto, que parece transportar algo de otro planeta, o de otro estado o de otro universo. Que es la corporización de la vida reventando a la muerte, aunque la muerte también haya ganado.

Y ahora abre la puerta y sonríe. Flor, yo, todos los que estamos ahí no dejamos de llorar y abrazarnos, nadie hace otra cosa. Y ahora esto es un túnel del tiempo y del espacio. Estamos entrando en la conferencia de prensa de Abuelas, un poco pisoteados por la cantidad de gente, camarógrafos, parientes, otros nietos, somos tantos; desde atrás los fotógrafos gritan “¡Abajo!” cuando alguien se para y tapa a las abuelas. Hace calor, nos tocamos el hombro para corrernos de lugar, hay una especie de solidaridad con los desconocidos. Nadie se enoja si recibe un codazo, si le piden que se agache, si tiene que aplastarse contra la puerta o la pared para que entremos. ¿Qué es esta magia? ¿Qué es este dolor y este amor mezclados? Ahora Adriana se sienta junto a su tía Silvia, a su lado Estela y la otra tía. Desde atrás algunos primos de Adriana muestran fotos con las caras de Edgardo y Violeta, sus padres. “Es igual a la madre” dice un señor detrás de mí, “¡Se parece a los dos!”, le digo, nos sonreímos. Le pide a una mujer de remera verde que se agache, ella filma con su celular, se da vuelta y es Miriam Lewin, la conocen y le hacen chistes: “¡Aflojá con el celular, Miriam!”. Nos da risa y nos angustia y nos emociona. ¿Qué es este viento? Adriana dice que pensamos que es valiente pero que ella en realidad está dando la conferencia porque está en shock y todavía no entiende nada. Que está feliz y en shock. Que ahora no sólo se le completa el rompecabezas, y se le arma otro rompecabezas, sino que se le completa la vida. ¡Y sonríe! Que lindo sonríe esta mujer. Mi prima Pamela, delante de mí, aplastada entre fotógrafos, con esos ojos verde agua que te estampan su belleza de una, no deja de llorar desde que empezó la conferencia. Ya nos estuvimos abrazando. Abrazar es la palabra que más veces voy a decir en este texto y en la vida en general por estos días. Cuando termina, me junto con mi hermana Flor y nos damos un abrazo con Silvia, la tía paterna, esa mujer bajita y hermosa que todavía no puede creer lo que está pasando. Silvia es de la misma ciudad de donde soy. Levanto la vista y ahí están sus compañeros del gremio docente, caras que hacía mucho no veía, la voz de mi origen, más abrazos. Esto ya no es un túnel, es una galaxia entera que mezcla búsqueda con río con escuela con secuestro con pájaros con arena. No sé cómo se hace para quedarse a vivir un poco acá adentro, en un rato tengo que salir y no voy a querer. Adriana está capturada por los periodistas, la veo hablar y gesticular desde la otra punta del salón, se nota que no tiene miedo. Salimos, almorzamos en la esquina, estamos con los ojos irritados y esa felicidad que nos da estar juntos. Ahora nos vamos a Comodoro Py a escuchar las sentencias a los nueve genocidas de la causa ABO III. Ahora llegamos y nos quedamos en la vereda mientras mis viejos y mi otra hermana están en la sala de audiencias, arriba, con los represores cerca. Cada vez hace más calor. Somos muchos para lo mismo, somos muchos festejando con las condenas y amargándonos con las absoluciones. No nos conocemos y tenemos tanto en común. Vino Paula y vino Nahuel. Llegan más a acompañarnos. Lucía saca fotos y se emociona. Perpetua para Chacra, 25 años para Marc y también para Lorenzatti, los tres involucrados en el secuestro y las torturas a mis tíos. ¿Qué es este grito? No nos podemos despegar tan rápido, un rato más y otro rato más, acá afuera, y mi hermana Ana nos dice que miremos, que los acusados salen a unos metros de donde estamos, detrás de la reja, hacia el móvil penitenciario. Ahora todos cantamos “Como a los nazis les va a pasar, a donde vayan los iremos a buscar”. Algunos putean, otros lloran, todos cantamos. Los policías se acercan hacia nosotros con la cabeza en alto y sacando pecho, como si representáramos alguna clase de peligro. Cantamos. Eso hacemos. Aplaudimos y cantamos con las cuerdas vocales inflamadas y con el corazón en estallido. Nada más. Cantamos y después nos callamos, los acusados se van, nosotros también. Me vuelvo a Mar del Plata en el primer colectivo que encuentre. Siento un cansancio distinto. ¿Qué es este cuerpo? Un alivio, un agotamiento, un grito, un amor y un dolor mezclados, un viento.

 

*Martes 5 de diciembre de 2017, Sede de Abuelas de Plaza de Mayo – Tribunales de Comodoro Py, C.A.B.A.

 

nieta-argentina

 

*

 

 

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Cielo personal

Digo que hace años dejé de creer en cuestiones religiosas; y, además, después estudié en la facultad el fundamento de la religión como aparato de creencias, y a dios como la representación de un padre que ama y castiga. Que siempre es mejor tener una certeza que cualquier cosa pantanosa sobre la que tengas que caminar. Pero que cuando se te pone difícil y se te empieza a morir la gente, o cuando el muerto de antes se te muere de nuevo, ¿a quién le vas a rezar si no es a un dios? Y que por eso yo lo resolví así: tengo mi propio cielo y mis muertos-dioses a los que rezar. Es un cielo no colectivo, no tiene institución y no está aprobado por nadie. Es un cielo íntimo. Una especie de delirio personal ajustado a mis necesidades. Porque cada vez que quiero dejar de creer, y que pienso que la vida es una cagada sin sentido y que los filósofos tienen razón, los tipos y las tipas de mi cielo se me aparecen en los ojos, en los sueños, en los síntomas, hasta en los libros que elijo o la música que me proponen conocer.

¿Puede alguien, alguna vez, zafar de sus muertos, de sus cielos?
¿Quiere alguien hacerlo?

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Ahora, sobre ese platito apoyo una planta

La Búa nos fue regalando a las nietas, una a una, sus joyas. Oro, perlas, piedras, plata, filigranas en anillos, collares, pulseras. Coqueta e intelectual, brilló de tantas maneras. Veinte, veintipico de años antes de morir (ni ella soñaba que iba a vivir tanto), se encargó de darnos sus joyas en vida, “para que las usen ahora, eh”. Quería elegir qué darle a quién, y quería que su regalo nos quedara ligado a la vida.

Me tocó un par de aros de oro con perlas de verdad. Los usé en algún cumpleaños de quince, en algún casamiento. Cada vez que la veía, durante mucho tiempo, me recordaba “Usalos, usalos todos los días”. Era demasiado para mí, los mantengo guardados con la esperanza de volver a ponérmelos.

La Búa siempre nos quería escuchar. “¿Cómo anda, m´hija? ¿cómo va la facultad? ¿cómo va el trabajo? ¿cómo va la pareja? ¿cómo vas con tu bebé? ¿estás escribiendo? ¿te adaptaste a Mar del Plata? ¿tocás algo en la flauta para mí? ”. Preguntaba en serio, su interés era genuino, quería saber cómo estábamos cada uno de sus diecinueve nietos. El Tata, a su lado, ya sordo desde hacía tiempo, hacía malabares con el audífono, carraspeaba y cebaba el mate. También él quería saber.

La Búa vivió cientouno y sobrevivió a su marido en cinco años. No sabíamos si iba a poder seguir, postrada por el avance del parkinson y sin su compañero, sin esa parte de su cuerpo y de su todo. No sé si fue para ella un castigo o una bendición permanecer tan lúcida a través del tiempo y del cuerpo endurecido. “Extraño caminar” nos decía cada vez que la íbamos a visitar. “Extraño ver cómo crece el jazmín”. Cuando cumplió cien, los hijos consiguieron que se sentara en una silla de ruedas, y pudo ir frente al ventanal y mirar sus flores. También le cantamos en su habitación, con guitarra y coros, las zambas de siempre. Su cara estaba rígida por la enfermedad, pero los ojos nunca mienten; y la voz, que a esa altura era un pedacito de papel, seguía las canciones. Estaba contenta y agradecida.

Cuando se murió, recibí de ella una colección de “Poesía argentina” de tres tomos, y dos platitos antiguos, de esa vajilla inglesa preciosa que tenía.

Ahora, sobre ese platito apoyo una planta que crece en el living de casa, al lado de la ventana.

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